Un día ideal

C. S. Lewis escribe, en Sorprendido por la Alegría, lo siguiente:

Escogería siempre desayunar exactamente a las ocho y estar en mi escritorio a las nueve, y allí escribir o leer hasta la una. Si me pudieran traer una buena taza de té o de café alrededor de las once, tanto mejor… El almuerzo debería estar en la mesa a la una en punto; y a las dos como más, me encontraría dando una caminata… La vuelta de la caminata y la llegada del té debieran coincidir exactamente, y ello no después de las cuatro y cuarto. El té debería tomarse a solas… A las cinco se debería estar de vuelta al trabajo, y seguir hasta las siete. Entonces, durante la cena y después, viene el momento de conversar o, si eso falla, de lecturas livianas; y a no ser que tengas una salida nocturna con tus compinches…, no hay razón alguna por la que debas estar en pie pasadas las once.

Definitivamente que este también es mi ideal de lo que debe ser un día. Hubo algún tiempo en el que tuve la oportunidad de disfrutar este tipo de vida, pero ahora me es completamente imposible.

Tal vez vuelva a tener la oportunidad de vivir de esta manera. ¿Qué más puede pedir un hombre simple?

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