Recuerdo a mi profesor conductista

A continuación presento este perqueño ensayo que escribí hace tiempo:

Recuerdo a mi profesor conductista.

Tenía catorce años. Comenzaba el tercer año de la educación secundaria en la Escuela Secundaria Número 6, “Belisario Domínguez”, a la que había ingresado con cierto desacuerdo por parte de mis padres. Aún hoy en día se encargan de traerlo a mi memoria cuando me dicen: “No entiendo cómo pudiste asistir a esa escuela, cuando tenías otras opciones mucho mejores.”

Pero comprendo las reservas que tuvieron cuando les hice saber mi intención de ingresar a la “Federal 6”, como se le conocía. Esta era una escuela pública, y yo había asistido únicamente a escuelas particulares. Y es que a ellos les preocupaba que pudiera rodearme de malas compañías, e incluso, que tuviera problemas con algún maestro. Las escuelas públicas no gozaban de una buena opinión por parte de mis padres.

Afortunadamente, ese no fue el caso. Sí, había maestros que faltaban a sus clases, que nos dejaban hacer lo que quisiéramos, especialmente en Educación Física, que para nosotros era como un “segundo recreo”, y con frecuencia dejábamos de tener clases por alguna junta sindical. Pero también tuve buenos maestros, comprometidos con su labor docente, y que estaban de verdad interesados en nuestro aprendizaje, no sólo de los temas de la materia que impartían, sino de valores como la responsabilidad o el respeto.

Recuerdo particularmente a una maestra, que impartía las clases de Física y Química. Para motivarnos a sacar mejores calificaciones, nos regalaba una pluma. A esta manera de motivarnos a estudiar con una recompensa, se le llama “ley del refuerzo”, y forma parte de una corriente de la psicología llamada Conductismo.

En el presente trabajo, pretendo analizar la conducta de esta maestra a la luz de la teoría conductista y, además, evaluar este tipo de acciones en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Mi maestra era, en ese tiempo, una mujer madura, por tanto vestía muy conservadora, tenía cabello negro y recogido, también se dirigía a nosotros de una forma cordial, pero firme.

Una de las cosas que más recuerdo de ella, en el tiempo que la tuve como maestra fue que, como mencioné anteriormente, a los que obtenían los mejores promedios en los periodos parciales, les regalaba una pluma.

Lo que mi maestra intentaba con este tipo de regalos, era motivarnos a esforzarnos más en nuestros estudios, y así, obtener buenas calificaciones.

El esfuerzo y la disciplina es lo que cualquier maestro espera de sus alumnos, lamentablemente, no siempre es así. Lo que mi maestra intentaba era “reforzar” en nosotros el hábito de estudiar más, de ahí que a esta técnica se le llame “ley del refuerzo”.

Esta “ley del refuerzo”, fue desarrollada por el psicólogo educativo, E. L. Thorndike, en la década de 1920. Posteriormente, este concepto dio lugar a una rama de la psicología llamada “behaviorismo”.

El behaviorismo fue descrito por B. F. Skinner y J. B. Watson para estudiar el aprendizaje, pero solo se centraba en la relación entre los estímulos y las respuestas, dejando de lado la mente, a tal punto ¡que se llegaba a negar la existencia de la misma! Algunos incluso han llamado a esta teoría “psicología sin mente” (Dobson, 1992).

Esta teoría ve al cerebro humano como una “caja negra” (Ormond, 2005), como un sistema inescrutable, al cual llegan los estímulos, y tiene como salidas las respuestas del individuo.

Resulta curioso que si la palabra psicología quiere decir “estudio del alma o de la mente”, esta rama de la misma psicología la niegue. Sin embargo, actualmente algunos conductistas han empezado a considerar también los factores cognitivos, los procesos de la mente.

Cuando recibí mi premio, o “refuerzo”, como le llaman los psicólogos, por haber obtenido uno de los mejores promedios de la clase, me llenó de satisfacción, aunque creo que el sacar buenas calificaciones ya era un hábito en mí.

Algo que también noté fue que los que recibimos el refuerzo éramos alumnos que habitualmente teníamos buen promedio. No hubo ningún cambio en los alumnos más atrasados. No se esforzaron por sacar mejores calificaciones. El refuerzo no influyó en ellos como mi maestra seguramente esperaba. Ahora tengo los elementos necesarios para poder explicar por qué se dio esta situación.

En un enunciado sencillo, la ley del refuerzo dice lo siguiente: “Una conducta que logra consecuencias deseables, se va a repetir” (Dobson, 1992). En otras palabras, si a un individuo le gusta el resultado que tuvo alguna conducta en particular, se sentirá inclinado a repetirla. Si algún joven obtuvo una respuesta favorable por parte de las jovencitas al llevar puesta determinada chamarra, continuará usando esa chamarra. Si un jugador de fútbol gana usando determinados “tacos” (zapatos para jugar fútbol), jugará con esos “tacos” siempre. O si algún profesor obtuvo una respuesta satisfactoria por parte de su grupo con determinada conducta, repetirá esa conducta la próxima vez.

Este principio se aplica incluso a animales, de hecho, se empezó a estudiar a partir de observar el cambio de conducta precisamente en ellos. El psicólogo James Dobson (1992) nos relata lo siguiente: “Se han hecho intentos más serios por enseñarles a los animales conductas refinadas mediante los principios del refuerzo. Los resultados han sido extraordinarios. A una paloma se le enseñó a examinar piezas de radio que avanzaban en una faja transportadora. El ave evaluaba cada componente, y los que estaban defectuosos los sacaba del carril, por lo cual recibía una porción de grano. Allí se quedaba sentada todo el día, bien concentrada en su trabajo. Como podríamos imaginar, a los sindicatos no les pareció muy bien el asunto; la paloma no exigía recesos para tomar café ni otros beneficios adicionales, y su salario era miserablemente bajo.”

Los seres humanos somos motivados por lo que nos agrada. Entonces, ¿dónde falló mi maestra en su intento por hacer que nos esforzáramos más? ¿Este principio de la conducta no es válido, acaso? Lo que pasa es que, para que esta técnica pueda tener éxito, hay ciertos principios que se deben seguir, como el momento en que se presenta el refuerzo y su atractivo (Ormond, 2005).

  1. Las recompensas o los refuerzos deben entregarse en el menor tiempo posible. Para que esta técnica sea eficaz, un reforzador debe seguir de manera inmediata a una respuesta.

El error que cometió mi maestra fue el prolongar demasiado la aparición del refuerzo. Teníamos que esperar todo un mes para recibirlo. Con frecuencia, a los alumnos se les prometen cosas si se esfuerzan, pero a un muy largo plazo. No resulta conveniente prometerle a un niño un viaje en vacaciones si se porta bien durante un año. En inútil prometerle a un niño de nueve años un auto cuando cumpla los dieciséis, con la condición de que mejore sus calificaciones. Para los animales, la recompensa debe aparecer segundos después de la conducta deseada. Claro, los niños pueden tolerar más demora que los animales, pero el efecto de la recompensa desaparece con el tiempo. Los niños simplemente no tienen la madurez para pensar a largo plazo. Aún muchos adultos tienen problemas con eso.

  1. La recompensa debe resultar atractiva para la persona. Creo que la intención de mi maestra era buena, pero falló al escoger el objeto que serviría de refuerzo. Una pluma debió parecer poco atractiva a más de uno. Tal vez si el refuerzo hubiera sido más tiempo libre para los alumnos, la estrategia hubiera tenido éxito.

El refuerzo debe ser algo que la persona desee. En el caso de los animales, los refuerzos son aquellos que satisfacen necesidades físicas, como el alimento. Para las personas, debe ser algo que satisfaga necesidades psicológicas, por ejemplo, palabras de elogio. La recompensa correcta que modifique la conducta varía de una persona a otra, pero todos buscamos la satisfacción de nuestras necesidades emocionales, como el amor o la aceptación. Las personas estamos muy interesadas en lo que otros piensen de nosotros. Esto también funciona en el sentido negativo, las palabras de rechazo o desaprobación también modifican la conducta de las personas. Por ejemplo, al niño que le dicen sus compañeros “eres el más feo de toda la escuela”, o “no puedes hacer nada bien”, los niños podrían volverse retraídos o dar la impresión de ser perezosos.

Yo mismo pasé por una experiencia como esta. Nunca he tenido mucho interés por practicar algún deporte, y hay una razón para esto. Desde que estaba en la primaria siempre se burlaban de mí cuando nos tocaba jugar fútbol, béisbol o básquetbol en las clases de educación física. Yo era un niño más bien retraído y ensimismado. Tal vez, con un poco más de tiempo practicando algún deporte y algunas palabras de ánimo, hubiera yo destacado en las actividades deportivas. Lamentablemente, esto nunca ocurrió y las burlas solo reforzaron mi conducta introvertida.

Aún de adultos, seguimos siendo vulnerables a este tipo de comentarios, incluso de parte de nuestros amigos. Por ejemplo, la mujer a la cual sus amigas le dicen: “¿Subiste de peso?”, la pobre pasará horas frente al espejo y pesándose para, al día siguiente, empezar un programa de dieta. En el caso de los hombres, lo que he notado es que les urge casarse y le temen mucho a envejecer. Con frecuencia me he topado con gente que ya está desesperada por casarse porque le han dicho “Si no te casas ahora, después va a ser muy difícil”, o, con respecto a la edad, tanto hombres como mujeres se ven afectados por comentarios acerca de su edad. “Me parece que tienes como cuarenta y seis o cuarenta y ocho”, y si en realidad la persona solo tiene treinta y nueve, pasará las próximas horas mirándose al espejo y tal vez se compre un tinte para el cabello.

Han surgido algunas críticas a esta técnica. Muchos ven en las recompensas una especie de soborno. Los padres tienen el temor de que están manipulando a sus hijos. Estos padres esperan que sus hijos cumplan con sus obligaciones simplemente porque es lo correcto. Los niños no hacen eso. Hay que reconocer que no hay que premiar todas las tareas que el niño realiza. Pero cuando uno quiere que los niños superen cierta base, deberán aplicar algún tipo de refuerzo. A los que piensan que el refuerzo es lo mismo que soborno, yo digo, ¿no todos los adultos trabajamos por un salario? ¿Acaso somos todos víctimas de un soborno?  En las aulas es muy común hablar de lo que se denomina “curva”. Si algún maestro ve a la técnica de refuerzo como manipuladora puede hacer que la calificación más alta obtenida se “infle” hasta llegar a la más alta posible para “ayudar” a sus estudiantes. Así todos los alumnos suben de calificación, según la cantidad de puntos que el profesor agregó a la calificación más alta. Esta práctica en realidad lastima al estudiante, estableciendo una reputación de estándares bajos para la escuela. Cuando esto ocurre el estudiante excelente no se puede reconocer del estudiante promedio o del pobre. Los buenos estudiantes sufrirán porque las calificaciones excelentes serán vistas como regulares por otras instituciones. Los que consideran que los refuerzos son manipulaciones también deberían decir que su jefe los manipula cuando les dice que deben llegar a tiempo a su trabajo. Deberían aceptar que la policía es manipuladora cuando infracciona a un conductor por pasarse el alto. También Hacienda sería manipuladora al cobrarle a alguien una multa cuando se retrasa en su declaración de impuestos. El departamento de justicia es manipulador cuando arresta a un sujeto por cometer algún crimen. Algunos prefieren el término “administración”, que sirve al interés de todos, aún cuando las consecuencias sean desagradables. Después de todo, ¿por qué luchar por algo en esta vida, si no se va a ganar nada?

Si este control basado en el refuerzo se aplica de manera adecuada, arrojará los resultados deseados. Puedo afirmar que casi todo el aprendizaje se basa en este principio. Es, además, bastante seguro y predecible.

En resumen, a pesar de que al principio, la “ley del refuerzo” y en concreto, el behaviorismo, hayan estado de alguna manera incompletos en su forma de abordar el estudio del aprendizaje al dejar de lado los aspectos cognitivos, es indudable que el concepto es de gran utilidad para los psicólogos y los profesores. Y cómo no iba a serlo, después de todo, el mundo funciona bajo el sistema de recompensas, y también funciona a la perfección con la naturaleza humana.

Referencias bibliográficas.

Ormond, Jeanne Ellis (2005): Aprendizaje Humano 4ª Ediciòn, Pearson/Prentice Hall.

Dobson, James (1992): Cómo criar hijos varones. 2a Ediciòn Tyndale House Publishers.

Anuncios

2 pensamientos en “Recuerdo a mi profesor conductista

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s