“Aulas Virtuales”

A continuación les comparto la siguiente entrada del excelente profesor Benedicto González Vargas. Lo reproduzco in extenso:

Hace rato que se viene repitiendo que la sociedad en la que les tocará vivir a nuestros actuales alumnos será una “sociedad del conocimiento” y que en ella la educación y la formación serán los puntales para una inserción exitosa en el mundo laboral que, dicho sea de paso, será también muy distinto al que conocemos.

En efecto, hoy en día dar la espalda a la “globalidad” y encerrarse en la “localidad” impide que las personas desarrollen las competencias requeridas para una adecuada inserción laboral, lo que augura exclusiones y frustraciones difíciles de eludir. Ello nos lleva a plantearnos la necesidad de que nuestros alumnos estén en permanente ejercitación de aquellas destrezas y habilidades que les permitan desarrollar la capacidad de insertarse con éxito en una sociedad emprendedora y de aprendizaje permanente.

Así las cosas, la formación que le entregamos a nuestros alumnos en el sentido de aproximarse de manera eficiente a las nuevas tecnologías no tiene tanto que ver con ayudarlos a adquirir conocimientos generales de cómo usar la tecnología, sino que, fundamentalmente de cuáles son las implicancias de estas formas de comunicación en los procesos de enseñanza/aprendizaje. Las aulas virtuales, la educación en línea, a través de las redes informáticas, son una forma emergente de proporcionar conocimientos y habilidades al alumnado, los medios multicrónicos de comunicación mediada por computador proporcionan la flexibilidad temporal necesaria requerida por los distintos ritmos de aprendizaje de nuestros alumnos (pudiendo ser más rápido o más lento, pues la red puede ayudar tanto a reforzar contenidos ya vistos en clases, como a adelantar otros que se estudiarán con posterioridad).

Así las cosas, el aprendizaje académico sale de las aulas logrando penetrar los hogares, aportando una multiciplicidad de informaciones paralelas que pueden complementar el trabajo de los alumnos (lecciones, guías de trabajo, simuladores, lecturas, bibliotecas y museos virtuales, foros, comunicación con docentes y pares, evaluaciones en línea y, tal vez un elemento importantísimo poco mencionado: una atención más directa y personalizada, que puede ser inmediata o diferida)

La deslocalización de la información y la disponibilidad de cada vez más herramientas comunicativas exige plantearse cuáles serán los nuevos roles que deberán desarrollar profesores y estudiantes, alejándose cada vez más del antiguo paradigma en que el docente debía entregar toda su sabiduría e información a sus alumnos (no olvidemos que, etimológicamente, la palabra alumno significa “carente de luz” o sea, de conocimiento).

Hoy en día, cualquier estudiante que tenga acceso a internet puede conseguir tal cúmulo de información en unas cuantas horas de navegación por la red que, por los medios tradicionales, tardaría semanas en recibir de su profesor. De ahí la importancia del papel dinámico que los estudiantes deben asumir en su propia formación, convirtiéndose en agentes activos de la búsqueda, selección, procesamiento y asimilación de la información.

Hay algunos teóricos, no obstante, que cuestionan la posibilidad de que las nuevas tecnologías logren permear la educación y se apoyan en que no lo consiguieron antes otros inventos revolucionarios como la imprenta, la televisión o la fotocopiadora, a ellos les respondemos que todo tiene su hora. La revolución digital ha venido para quedarse, porque por sí sola es superior a la suma potenciada de las tres tecnologías mencionadas y porque el acceso a ella es cada vez más amplio entre nuestros alumnos.

Lo importante, en todo caso, es que las metodologías de enseñanza sean capaces de asimilar las nuevas tecnologías a tal punto, que se conviertan en invisibles; vale decir, habituales y normales en la sala de clases. Pasar de la excepcionalidad llamativa a la cotidianeidad eficiente. Para dar ese salto cualitativo se requiere un cambio en la mentalidad de los docentes.

Como dice un estudio de Jorge Ruiz Valdés, de la Universidad de Valparaíso, la Educación virtual es una oportunidad de creatividad tanto para los docentes, como para las instituciones educativas. Hay que reconocer que el entorno virtual es un espacio distinto al que es preciso adaptarse, sin olvidar que en él no sólo convive la información de diversas calidades, sino que convergen allí mismo la interacción y el entretenimiento. Si esto hoy en día es verdad incluso para estudios de pregrado o postgrado, cómo no va a serlo para estudiantes de formación básica y secundaria que tienen, todavía, una permanente guía cara a cara de sus docentes y paradocentes en los colegios.

El gran desafío de nuestras escuelas es conseguir que nuestras páginas web superen la tentación fácil de convertirse en una colección fotográfica en línea y den dos pasos en la dirección de fundar un modelo pedagógico que, iluminado por el proyecto educativo de la institución y de acuerdo a su estilo organizativo, abra y facilite espacios para la virtualidad, la globalidad y la transversalidad, logrando una gestión cohesionada con el hacer diario que posibilite y potencie las estrategias de aprendizaje y, con ello, la adquisición de capacidades en nuestros alumnos (todo ello, sin olvidar la necesaria gradación y secuenciación para las diferentes edades).

Las tecnologías de la información son oportunidades para comunicarse y compartir; la accesibilidad, cada vez más fácil, facilita la concomitancia de recursos y métodos como nunca antes soñó la educación. De allí la urgencia de mejorar nuestros modelos de enseñanza y potenciar la integración cultural en la diversidad, quitándonos, de una buena vez, la burda aspiración de uniformidad.

Todo ello, claro está, sin olvidar de dejar en primerísimo primer lugar los aspectos valóricos que, irrenunciablemente, deben presidir toda labor educativa, sólo en la vivencia y transmisión de sólidos valores morales se puede garantizar calidad y eficiencia.

He querido dejar para el final un aspecto que, lamentablemente ha venido siendo una permanente dificultad: la formación de los docentes en las nuevas tecnologías. Y no me refiero sólo a aquellos que hoy se encuentran en las aulas universitarias, sino que, fundamentalmente, a aquellos que habiendo salido hace más de un lustro de la universidad, tienen una larga vida laboral por delante y una escasa formación tecnológica. Vaya aquí, por supuesto, mi reconocimiento a aquellos docentes que han hecho el esfuerzo de estar al día y buscan la manera de apropiarse de estas herramientas en beneficio de sus alumnos y de su propio hacer pedagógico.

En definitiva, la aulística virtual es un campo amplio, enorme, abierto al talento, la creatividad y el espíritu emprendedor de docentes, estudiantes e instituciones.

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