“La lectura, un desastre”

Es el título de la última columna de Rafael Pérez Gay, publicada en el diario El Universal.

A continuación reproduzco in extenso esta excelente columna:

Como si nos hiciera falta algún desastre, las declaraciones del Secretario de Educación no pudieron ser más pesimistas. Alonso Lujambio nos recordó que siete de cada diez niños en edad de cursar primaria y secundaria no saben leer, no comprenden lo que leen, cuando leen, agregaría yo para completar el cuadro dramático. El rezago le deja a uno los pelos de punta: el 70% de los niños lee por debajo del estándar que marca de 35 a 170 palabras por minuto. Es decir, los niños no leen, balbucean. Por si fuera poco, el secretario Lujambio nos informa que el promedio anual de lectura de los mexicanos está por los suelos: un promedio 2.9 libros por año. Los españoles leen 7.7 libros anuales, los alemanes 12 por año y los argentinos 3.5. Me asombra la cifra argentina que yo me la imaginaba más alta. O el porcentaje está mal calculado o los argentinos son unos chantas. No me respondan.

Estos números no son nuevos; la novedad, en todo caso, consiste en que el secretario los ponga en la mesa pública y reconozca que el tren de la incultura nos pasó por encima. Y de nuevo el silicio: ¿estamos condenados a ser un país de idiotas? Mientras leía el informe Lujambio recordé el informe Fumaroli. El ensayista francés Marc Fumaroli escribió hace algunos años uno de los libros más provocadores e inteligentes sobre las artes y sus relaciones con el poder, el gobierno, las burocracias: El Estado Cultural (El Acantilado, 2006). Cuando se publicó en Francia generó una intensa polémica sobre los beneficios y los excesos de la intervención del Estado en la gestión de las artes. Este polemista ha puesto en un párrafo la fibra última del rezago educativo, la crisis de la lectura, en fin, la incultura y sus relaciones con el gobierno: “Si el Estado pretende democratizar la cultura, y quiere hacerlo sin tener el control de la televisión, no hará nada, porque hoy no son los libros los que forman a la gente, sino la televisión, que los más jóvenes miran tres y cuatro horas. Desde luego es paradójico tener un Ministerio de Cultura y no dotarlo de autoridad sobre la televisión”. Estoy convencido de que las malas noticias que ha hecho públicas Lujambio se desprenden en buena medida de esa obviedad no tan obvia que Fumaroli escribió hace algún tiempo. Sin un compromiso serio de las televisoras, sin el reconocimiento público del papel que la televisión juega en la educación, los avances del gobierno irán a parar al cesto de la basura. El Estado tiene mucho qué hacer para mejorar sus políticas publicas, pero no podrá hacerlo en solitario.

En materia de fomento a la lectura no damos una. Por lo demás, no deja de ser bochornoso que cuando un programa ha tenido éxito, los encargados de mejorarlo, lo desmantelen. Así ha ocurrido con las Bibliotecas de Aula y Escolar. Con todos los asegunes que se quiera, el Programa reactivó a la muy venida a menos industria de las artes gráficas, irrigó dinero al mundo editorial y, sobre todo, llevó libros a las aulas y acopió con ellos modestas bibliotecas en cada escuela. Edith Bernáldez, directora de Materiales Educativos de la SEP, ha desactivado ese programa hasta casi desaparecerlo, sobrevive en su mínima expresión. Un desastre. En cambio, el Estado insiste en constituirse en casa editora. ¿Necesita México un Estado-editor de las dimensiones colosales como el que se ha se construido en los últimos años? Repito que no, que es un dispendio. Los editores necesitan a gritos un Estado competente, no un Estado competidor.

Durante años, mi trabajo me ha llevado por diversas oficinas públicas dedicadas a la cultura, a la promoción, a la edición de libros pensionada por el Estado. Por cierto, en un país de 2.9 libros al año, la gran mayoría de los libros editados por el Estado no circulan. ¿No es una locura? Regálenlos, en serio. En una de esas salas de juntas me reuní hace años con Sylvia Ortega, en aquel entonces subsecretaria de Educación del Distrito Federal. Recuerdo que en esa ocasión me dijo que “esa cosa” de comprar libros para regalarlos o meterlos en bibliotecas le parecía una barbaridad. Ella estaba convencida de que los maestros y los alumnos deben comprar sus propios libros, sólo así brotarían lectores de la dura piedra educativa. Ortega ocupa ahora la rectoría de la Universidad Pedagógica Nacional. La universidad, el SNTE y la UNAM capacitarán a 200 mil profesores para incrementar su calidad educativa. La verdad, no quisiera asomarme a la biblioteca de la UPN.

Verdaderamente, algo para reflexionar.

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Un pensamiento en ““La lectura, un desastre”

  1. Edgar Marcelo Flores Garduño

    Hola Rafael.. Me parece muy acertado tu punto de vista, y quiero platicarte mi experiencia como pyme en el Fomento a la Lectura. Estamos desarrolladno un servicio para mejorar la calidad de las bibliotecas escolares y de aula y anexo a esto otorgamos un espacio de Fomento a la Lectura con la intensión de que los niños y jóvenes se interesen y motiven, junto con sus padres, a leer más.Esto surgio por la necesidad que han manifestado incluso las escuelas debido a la escases de actividades en ese sentido. Esperamos con esto apoyar y contribur con nuestro granito de arena a que esa media nacional de 2.9 se eleve.
    Saludos

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