Archivos Mensuales: octubre 2010

“Entrevista a Roberto Ampuero”

Transcribo, in extenso, la última entrada del blog del excelente profesor Benedicto González Vargas, la cual incluye una entrevista interesantísima:

En la Revista Ventanal Nº 105 aparece una interesante entrevista al escritor chileno Roberto Ampuero, la que transcribo in extenso para que podamos conocerla y comentarla:

“¿Quién mató a Cristián Kustermann?” (1993) fue su primera novela. En ella nos presentó a Cayetano Brulé, su famoso y enigmático detective. Y ¿quién es Roberto Ampuero? un porteño (1953) que admiró el proceso revolucionario cubano por dentro para luego desencantarse completamente del mismo (“Nuestros años verde olivo”), que vivió el autoexilio en Alemania, que hoy hace clases en la Universidad de Iowa, que en 2008 lanzó “El caso Neruda”, que cree que los rígidos muros entre la derecha y la izquierda son cosa del pasado y que el futuro tiene mucho que ver con la libertad, las oportunidades y ¡por cierto! con la pasión por la literatura. Según él, ese amor por la lectura “contribuye a ampliar nuestras capacidades de comprensión intelectual y, sobre todo, bien conducida por el maestro, genera imaginación y produce placer”.

 

¿Qué medidas tomaría para fomentar la pasión por la lectura entre sus alumnos?

Buscaría textos buenos y realmente atractivos para ellos. ¿Por qué el aprendizaje debe ser algo pedregoso y pesado y no puede ser entretenido y estimulante? ¿Por qué creemos a veces que lo culto siempre tiene que ser aburrido? Se trata de educar para toda la vida, no de cumplir un programa anual del cual los alumnos no quieran acordarse más. Se trata que la lectura quede en la memoria del escolar como experiencia grata.

¿Cómo fue su formación básica? ¿Hace la diferemcia un buen profesor?

Asistí al Colegio Alemán de Valparaíso, con profesores alemanes, donde leíamos en español y alemán. Me marcó mucho en los primeros años un profesor chileno, de apellido Monardes, que alimentaba nuestra curiosidad antes de hacernos leer un cuento. En su introducción, que nos permitía situar lo que íbamos a hacer en nuestras vidas, radicaba gran parte de su éxito. ¡Claro que un buen profesor hace toda la diferencia!

5 libros de literatura universal y 5 autores nacionales de todos los tiempos que recomendaría que leyeran todos los profesores de Chile.

Corazón, de Edmundo de Amicis; La Odisea; el primer Harry Potter, de Rowling; Crimen y Castigo, de Fedor Dostoiewsky; La montaña mágica, de Thomas Mann. Y en cuanto a los nuestros, me parecen imperdibles Pablo Neruda, Alberto Blest Gana, María Luisa Bombal, Manuel Rojas y Francisco Coloane.

¿Cree que en Chile se lee más, menos o igual que antes? ¿por qué?

Proporcionalmente se lee menos que antes. No hay que olvidar que la lectura debe competir hoy con el cine, la TV, internet, los DVD y juegos electrónicos. Otra razón se encuentra en el elevado precio de los libros. Faltan también iniciativas que hagan más fácil la lectura a través de bibliotecas modernas, flexibles y móviles. También se necesita una cultura de acercamiento entre librerías y lectores, así como una relación estrecha entre autores y escuelas. ¿Cuántos estudiantes han recibido en su curso la visita de un escritor o escritora, que hable de igual a igual con ellos? Una cosa es clara: si no leemos y no debatimos sobre lecturas se irá empobreciento más y más nuestra expresión oral y escrita, lo que perjudica nuestra personalidad, nuestras posibilidades de trabajo, nuestros sitios de encuentro público y nuestra identidad nacional.

Males que aquejan a los mexicanos

Recién leí una nota en el diario El Universal, donde se presentan los males que aquejan a los mexicanos. A continuación la reproduzco in extenso:

¿Cuándo se jodió el país?

A Javier Barros Sierra, porque merece, como pocos, recibir la medalla “Belisario Domínguez”.

Cuando se fue de México al concluir su misión diplomática como embajadora de Suecia, Eva Polano nos ofreció su visión lúcida, cariñosa, pero no exenta de realismo, sobre el país que dejaba; un país que aprendió a amar y que le resultaba fascinante en sus contrastes y en sus intensidades: la intensidad de sus colores, de sus sabores, de sus olores… Para una mujer sueca debió ser brutal descubrir los extremos entre indigencia y opulencia, los “niños de la calle”, la violencia delincuencial, la discriminación a los diferentes. No escapó a su mirada sensible el contraste de generosidad y egoísmo de nuestro pueblo. La misma sociedad que se volcó, sin reparar en riesgos, al rescate de sus semejantes durante los sismos de 1985, podía ser tan tacaña respecto a su prójimo. Monsiváis lo expresó bien: “El mexicano todo lo perdona, menos el éxito ajeno”.

Son muchos los males que aquejan a los mexicanos. Reconocerlos es una de las condiciones para superarlos. Estos son algunos de los más notorios:

No sabemos trabajar en equipo. Nuestros logros en el deporte, en la cultura o en la ciencia son, siempre (o casi) individuales: Lorena Ochoa en el golf, Ana Guevara en las carreras, Julio César Chávez en el box… En equipo, fracasamos.

Otro rasgo muy propio es la inmadurez. “Los mexicanos —decía la abuela de mi amiga Susana— somos como niños, jugamos hoy sin importarnos el mañana”. Vivimos de prestado, damos el tarjetazo para comprar bienes superfluos y abonamos sólo el mínimo mensual, así terminamos pagando créditos usureros y al borde de la quiebra. Y como suelen hacer los niños, transferimos nuestra responsabilidad a los demás, siempre son “los otros” los culpables de nuestros males: el gobierno, los empresarios, nuestros competidores, los españoles, los gringos…

Somos conformistas. Las frases “ya ni modo” y “ai se va”, expresan esa resignación o valemadrismo que nos lleva a justificar los excesos que se cometen desde el poder, porque sabemos, como decía el papá de los muchachos Bribiesca Sahagún, que si no aprovecharan de la posición de su madre en Los Pinos “serían pendejos”.

Otro de nuestros males es la simulación. Los estudiantes simulan aprender de maestros que simulan enseñar. Los empresarios simulan emprender; muchos de los más prósperos son, en realidad, especuladores; otros, meramente rentistas que buscan ganancias rápidas y fáciles, casi siempre al amparo del poder. En la burocracia abundan los que se justifican diciendo “dizque nos pagan, pos dizque trabajamos”.

No aprendemos de nuestros errores. Nuestro crecimiento urbano, irracional, anárquico, se explica por la ausencia de planeación. La improvisación y la corrupción han definido el ensanchamiento absurdo de poblados y ciudades, la construcción de asentamientos humanos en las márgenes de ríos que se desbordan, en las laderas de montes que se desgajan o sobre minas de arena; y después de las tragedias humanas y materiales, de la pérdida de vidas e infraestructura, vuelven a levantarse viviendas en los mismos sitios, por la irresponsabilidad de los moradores y la corrupción de las autoridades.

Naturalmente, para explicar todo esto y más, nunca han faltado argumentos políticos, sociológicos y de sicología colectiva; razones de índole material indiscutible —pobreza, marginación, explotación— o de carácter sociohistórico, como la impronta de un pasado colonial donde la víctima —una nación, un pueblo, una cultura— termina por asumir como fatalidad ineludible el vasallaje y la sumisión, “normalidad” que por momentos se ve interrumpida por convulsiones de violencia social sin consecuencias.

De lo que nadie parece hacerse cargo, en la primera década del siglo XXI, es de esa extraña lógica causa-efecto que parece justificar la indolencia, la dejadez, la corrupción, la insolidaridad que atraviesa todos los estratos sociales y cristaliza en una cultura degradante que, hoy lo sabemos, no era privativa del régimen priísta. Parafraseando la pregunta de un personaje de Mario Vargas Llosa en Conversación en la Catedral: ¿Cuándo se jodió el país? Acaso en el momento en que élites y pueblo, gobernantes y gobernados, amos y lacayos decidimos celebrar las contrahechuras de la democracia simulada, la impunidad judicial, el machismo abierto y el racismo apenas encubierto como parte de “la mexicana alegría”.

http://www.twitter.com/alfonsozarate

Presidente del Grupo Consulto Interdisciplinario

Definitivamente, es necesario identificar las fallas que se tienen, o áreas de oportunidad, para mejorar.

Moviendo los límites

Este semestre he trabajado y hecho más tareas en el mismo tiempo que nunca antes.

Tan solo esta semana, en pocos días reescribí tres capítulos de mi tesis de maestría.

No cabe duda que cuando queremos o se necesitamos realmente algo, podemos ser capaces de vencer nuestros límites.

P.D.: Gracias a Dios, puedo decir que estoy disfrutando esto, estoy disfrutando el trabajo. Creo que es algo que todo hombre debe poder decir.

“La pedagogía del siglo XXI”

A propósito de mi última entrada, reproduzco esta nota que encontré en el diario El Universal, in extenso:

La proyección en el tiempo siempre nos da la oportunidad de soñar y convertir sueños en proyectos. Sin esta visión de futuro, la vida sería una tragedia.
El destino de nuestro México está indefectiblemente ligado a la educación. Esta afirmación es recurrente desde todas las instancias políticas y sociales; sin embargo, en el mejor de los casos, no pasa de ser un mantra que adormece las buenas conciencias. Bajo el prisma de los resultados logrados en las pruebas internacionales, los niveles de competitividad profesional, el índice de distribución de la riqueza y los rangos comparativos mundiales de corrupción, tenemos que concluir con dolor que los adultos actuales no hemos hecho adecuadamente nuestros deberes educativos y que estamos heredando muchas deudas a la siguiente generación. A estos parámetros  hay que añadir el deterioro moral en individuos e instituciones políticas y públicas que ha dado origen a un presente contaminado por la mediocridad.
Todos los proyectos empiezan con una visión de futuro, que supera los escollos naturales y activa los recursos para convertir un ideal en un hecho. ¿Cómo será la pedagogía de México en el futuro próximo? No quiero basar mi respuesta en lo que hemos hecho u omitido, sino en lo que deberíamos hacer a partir de ahora mismo, lejos de la complacencia o de la autodenigración.
El problema de la educación no tiene su origen en el aprendizaje sino en la enseñanza. Los maestros son el foco de la preocupación nacional y el origen de la solución educativa de un país.  Sin una mejora en la formación de los docentes, no es posible esperar ningún desarrollo académico, social o económico.
El sistema educativo depende sobre todo de la calidad moral y profesional de las personas, no de los programas o herramientas educativas, incluyendo las nuevas tecnologías. El bien-ser y bien-estar de los maestros condiciona substancialmente el trabajo diario en el aula, donde los niños y adolescentes aprenden no sólo contenidos académicos, sino, sobre todo, valores sociales y actitudes positivas ante la vida en todas sus dimensiones. Esta necesidad sobre todo se ha incrementado por las turbulencias que afectan al matrimonio y a la estructura familiar.
En septiembre de 2007 McKinsey publicó un reporte  sobre los mejores sistemas educativos del mundo y los procesos adoptados para ubicarse en lugares de excelencia: How the World’s best-performing school systems come out on top.  La primera conclusión fue que “la calidad de un sistema educativo nunca es mayor que la calidad de sus maestros”; cita los ejemplos de Finlandia, Singapur, Corea del Sur, Holanda, Nueva Zelanda y algunos distritos educativos de EU y Canadá.  La selección, formación y retención de los mejores profesionales es el primer objetivo de los responsables de la educación.
El aprendizaje está en un contexto marcado por el paradigma basado en internet. La realidad ha cambiado; el mapa de la enseñanza debe actualizarse para no extraviar el camino. Ante el exceso de información, los alumnos deben aprender habilidades y competencias para transformar los datos en conocimiento y sabiduría.
El foco del trabajo escolar no es la información sino el conocimiento. Para lograr este objetivo el sistema escolar debe añadir la andragogía a la metodología pedagógica. La enseñanza directiva, las clases magistrales tienen que abrir espacios para la investigación, el trabajo cooperativo y la autonomía de los alumnos para procesar la información. La andragogía propicia que los niños y adolescentes evolucionen gradualmente hacia los enfoques transformativos de la información para que ésta deje de ser un conocimiento inerte y adquiera el valor de herramienta intelectual. La identificación del escenario con los actores dará por resultado una mayor eficacia en el logro de un país educado.
Un país con proyecto requiere de grandes dosis de heroísmo y utopía, pero es una utopía necesaria. La verdadera independencia de nuestro país en este siglo depende de mentes ilustradas. La revolución actual debe ser una revolución pacífica: la sintonía de la inteligencia y el corazón de un pueblo nuevo.

Doctor en Psicología por la Universidad de Penn State.

Lejos todavía

Recientemente asistí a una junta, vía telefónica, con mi maestra tutora y la maestra titular de mi trabajo de tesis de maestría.

Dentro de las críticas (constructivas, por supuesto) que ellas hicieron el favor de hacerme, está el que, en realidad, todavía no aprovecho al máximo las posibilidades que el pizarrón electrónico SMARTboard brinda en el proceso de enseñanza-aprendizaje, sino que mis planes de clase aún siguen el enfoque tradicional (impera la exposición en clase y los ejercicios de repetición).

No puedo discutir al respecto. Aunque he logrado implementar algunas ideas de los planes de clase de, por ejemplo, Dan Meyer, y aprovecho algunas ventajas del pizarrón electrónico, aún no logro en cambio sustancial en mi metodología de enseñanza.

Pienso que el mejor ejemplo que conozco en cuanto a la integración de tecnología de lectura-escritura en la enseñanza de las matemáticas es Darren Kuropatwa.

Tengo que visitar para ver de nuevo y muchas veces más y de cerca, su trabajo.